martes, 18 de octubre de 2016

PLAYA DE OTOÑO


La masa de agua gris y cambiante oscila incesantemente, tenaz, mesurada, insensible, siempre igual. Sobre ella, la masa rosa de nubes y la masa dorada de sol se alinean perfectamente únicas. Y más allá, azul y lejanía.

 
Poco a poco, se van fundiendo rosa y oro. El azul se hace gris y la masa fría del agua se tiñe de intenso color nocturno.
Las gaviotas cruzan en vuelo diagonal y amenazante tras los cristales del ventanal y un pájaro perdido huye de su acoso implacable.
En la vecina costa, frente a la playa que se esconde bajo la terraza, se ha encendido un ejército de luces, temblando al unísono en disciplinada formación, mientras muere la tarde. Una, más lejos, diminuta y solitaria, anuncia quizás una barca de pesca o una estrella caída.
Llega la noche. El mar y el cielo se confunden. Son sólo una gran masa negra con puntos rojizos y parpadeantes al fondo.
Los pájaros duermen y en los cristales del ventanal se refleja la pared blanca, las camas gemelas, un horrible cuadro con dos enigmáticas VV, color de sangre, el sofá indescriptible, las incómodas sillas y, apoyada en la almohada, la mujer que escribe frente al mar. A su lado, un libro, con una cita en la primera página: "No mires en el vacío interior".
La oscuridad empieza a invadir la fría, indiferente, impersonal habitación de hotel, asomada a la playa de otoño.

lunes, 26 de septiembre de 2016

ARLEQUÍN SIN PIES





El arlequín no tiene pies y baila. Baila sin pies. Tiene dos palos por piernas y no tiene pies. Pero baila. Baila cuando no lo ve el joyero que le cortó los pies para que se quedase a vigilar el escaparate forrado de terciopelo negro donde relucen el oro y las piedras preiosas. El arlequín guarda las joyas como los viejos gnomos custodian los tesoros enterrados. El arlequín lleva un traje púrpura y violeta y un gorro con cascabeles. Inmóvil en su rincón, mira fijamente los diamantes, los zafiros engarzados en platino y los collares de perlas de larguísimas vueltas.
Por la mañana, cuando el joyero aún duerme, el arlequín baila y baila sin descanso sobre sus piernas de palo sin pies, a los sones de la caja de música de plata repujada que se abre sólo para él.
Baila para mostrar que puede bailar, baila para afirmar que es libre y puede escapar cuando quiera aunque no sea verdad. Baila para que lo vean los transeúntes que pasan deprisa por delante de la joyería, envueltos en abrigos y bufandas entre la fría niebla madrugadora. A veces, alguno se detiene para enterrar la nariz en el cristal del escaparate y mirar con rencor las joyas expuestas. Hay quien intenta calcular mentalmente el valor del collar de amatistas o de la diadema debrillantes pero, al llegar a nueve cifras, se siente mal y tiene que apresurarse hacia el bar más cercano para ahogar sus náuseas en una taza de turbio café.


 Por las tardes, ante la joyería suelen detenerse coches relucientes con suntuosas mujeres en su interior. Las más elegantes esperan que el hombre que va con ellas les abra la portezuela y las ayude a bajar. Miran distraídamente las centelleantes vitrinas y ahogan un bostezo en sus guantes de seda. "En realidad, ¿para qué quiero otra esmeralda?". Las más vulgares ríen y ríen sin parar cuando su acompañante las invita a probarse un brazalete ostentoso mientras acaricia su brazo desnudo por debajo del abrigo. El joyero mira al vacío con una estúpida sonrisa de complicidad y el arlequín permanece quieto tras el cristal, enseñando sus piernas de palo sin pies, como hacen los mendigos deformes.
Al ponerse el sol, el joyero cierra la tienda y deja los luminosos escaparates protegidos por rejas casi invisibles que parecen gritar a los vagabundos de la oscuridad: "¡Podeis mirar, pero nunca poseer!".
Cuando la noche se adueña de la calle y sólo se oye el silencio y únicamente se distingue el brillo innacesible de la joyas, de las tinieblas empiezan a salir sombras que empujan cochecitos desvencijados, carretillas cojas y grandes bolsas amorfas, rebosantes de mugrientos tesoros. Sombras que revuelven en los sucios contenedores, rebuscan en las papeleras y se aprietan y se amontonan en el hueco de los portales cerrados para beber de una botella de grueso vidrio verdoso que tiene el cuello roto, riendo sin ruido con sus encías sin dientes.
Entonces la caja de música empieza a desgranar su melodía que repite una y otra vez y el arlequín baila y baila sin cesar con sus piernas sin pies, agitando alegremente los cascabeles de su gorro y haciendo muecas burlonas a los ópalos y a los rubíes que parecen lágrimas de colores petrificadas.

martes, 19 de julio de 2016

MÉTODO


( De mi libro "CUERPO DE RESERVA")



No tienen fe en los círculos
pero las estrellas nunca tienen cuatro puntas,
ni la cruz o la media luna nos hará mejores
a los ojos del alto mando.
Sólo el esfuerzo continuo,
repetir las consignas,
terminar el trabajo diario,
informar,
mandar el parte puntualmente
aunque nadie lo lea.
No estaba triste
pero sí que me sentía
un poco abandonada.
No sabía
que te había pasado la muerte
rozando.
Pero ya está, olvídalo.
Puedo aprender de memoria
la obra completa del "che" Guevara
en una semana.
Con la misma metodología
nos fijamos en quienes son las personas
a las que nos entregamos
y las razones por qué nos entregamos.
Me esfuerzo por representar un papel
que va perdiendo significado
ante la superioridad del público  
y la pobreza de mis propios recursos.
Háblame
de tu heroica vida,
de tu pueblo revolucionario,
del fascismo burgués 
y de las sociedades capitalistas.
Pero quizás más vale
que ahorres el aliento.
La ficción se convierte
en una tela de araña
que puede atraparnos a todos.
Las preguntas pertinentes
una manta carcelaria manchada de sangre,
las manos enfundadas en guantes de algodón...
La violencia física es contraria
a la ética del interrogador.
Una pesadilla que me persigue.
Cuánto mejor sería
interpretar juntos "Así es, si así os parece",
como si fuera un corto para televisión.
Tú con tu blazer rojo
y los gemelos de oro
y yo con la túnica que compré en Mikonos.
Sin saber si cantan los pájaros
o son los teletipos,
rodeados de costosos objetos de plata árabe
muy brillantes,
esperando sentir el aroma de las mandarinas
o una razón moral para desear la victoria.





lunes, 4 de julio de 2016

BOMBARDEO


(De mi libro "CUERPO DE RESERVA")

Has venido a robarme el alma, 
el pan, el sueño.
No puedo odiarte.
Si tuvieras una onza de dignidad
me degradarías
y me devolverías a mi primitiva unidad
desde la que no podría insultarte directamente.
Alquilaste
todo lo que tenía en mi maldita tienda
y me pagaste a tocateja.
Animado
por tan estupendo espíritu de equipo
me dispusiste al trabajo
con puntualidad de reloj.
Nos mandamos correo a nosotros mismos,
no entramos en los bares vecinos
y nunca compartimos el coche.
Fuimos mucho en bicicleta
y compramos periódicos y leche.
Estábamos dispuestos para la acción.
Veía el mundo como un lugar agradable
cuando en lo alto de la colina
me diste instrucciones sobre el arma corta.
Pero, a partir de ahora,
se ha terminado.
Viviré como tú,
con tu mentalidad, con tu moral.
Podrán pasar semanas y semanas
sin tener contacto entre nosotros.
Me hundiré en el pozo de mediocridad
en el que se han sumido
mis otros amores
desde que he empezado mi vida con la guerra.

Los aviones regresaron
dos horas después de oscurecer.
El estallido de las primeras bombas
me arrojó contra la pared de acero
y alguien
encendió una lámpara de aceite
como en el interior de un grabado de Hogarth
colocado al revés.


miércoles, 22 de junio de 2016

MADEMOISELLE B.

(De mi libro "No juegues con el lobo")

La recordaba muy bien de la clase de Francés de 7º. La llamábamos Mademoiselle B. Todas la veíamos como a ese ideal de chica que queríamos ser un día. Muy alta, muy delgada y esbelta, como una modelo o una artista de cine. Ojos violeta, largo cabello caoba. Una elegancia indefinible y una personalidad bien definida. Todos estábamos enamorados de Mademoiselle B. alumnos y alumnas, profesores y profesoras. Hasta el severísimo director, al que nadie había visto sonreir jamás, esbozaba una mueca que quería ser de agrado cuando hablaba con ella, hechizado por el misterioso encanto que emanaba.
Mademoiselle B. estaba prometida al profesor de Francés de 8º A., una especie de galán de película con el que formaba una pareja espectacular.
Los recordaba muy bien, aunque había pasado tanto tiempo desde que acabé el colegio. Por eso, al verla de pronto en la calle no pude dar crédito a mis ojos. En principio, dudé. ¿Era realmente ella? Estaba tan joven, tan bella como entonces. ¿Sería su hija? El parecido era extraordinario. Caminaba como siempre casi sin rozar el suelo, empujando la silla de ruedas de un anciano cuyo rostro me resultaba conocido.
Unas palabras en francés, murmuradas a su compañero, me trajeron el eco inconfundible de su voz. Era ella, sin lugar a dudas. ¡Mademoiselle B.! Tan hermosa y podría decirse que casi tan joven como siempre.





Me hubiera gustado seguirlos para estar segura pero me sentí ridícula. Tal vez me equivocaba...
Por una de esas casualidades que dicen que no existen, aquel mismo día me telefoneó Mina, una antigua compañera de clase con la que seguía manteniendo una amistad intermitente interrumpida de vez en cuando por sus sucesivos partos y mis frecuentes viajes de trabajo.
Mi amiga me confirmó que era, en efecto, Mademoiselle B. la mujer que yo había creído que lo era. Al parecer, desde hacía un tiempo se veían e, incluso, cuando lograba encontrar canguro para sus cinco fieras iba a tomar el té con ella.
- ¡ Es tan triste! La pobre casi no puede salir de casa. Siempre cuidando del marido...
- ¿No se llegó a casar con el profesor?
- Sí, pero ya lo has visto. Sufre una enfermedad degenerativa y casi no se puede mover.
- ¿El hombre que iba en la silla de ruedas es su marido? ¿El guapísimo profe de 8ºA? ¡ No es posible! Si parece su padre, ¡ qué digo, su abuelo! Creí que sólo le llevaba tres o cuatro años...
- La enfermedad no perdona...
- Aún así...
Mina me contó que tanto ella como Lucía, otra compañera con la que habíamos formado un feliz triunvirato hacía veinte años, frecuentaban a nuestra antigua profesora.
- Tienes que ir a verla. Mademoiselle B. ha preguntado por tí varias veces.
Quedamos en ir un día pero tuve que hacer un viaje relámpago a Alemania para un reportaje y lo pospusimos.
A mi vuelta llamé a Mina con la idea de encontrarme con ella y con Lucía e ir a ver a Mademoiselle B. Me estremeció su voz llorosa y desolada.
- ¿No sabes? Lucía ha muerto. Empezó a encontrarse mal y le descubrieron una leucemia aguda. No se pudo hacer nada.
- Pero, ¿cómo? ¿En una semana? Estaba perfectamente...
- Es terrible, ya lo sé. No sabes cuánto deseaba que estuvieras aquí... ¡Suerte de Mademoiselle B.! Me ha ayudado mucho...

La muerte de Lucía me dejó muy abatida. La pérdida de una persona casi de mi misma edad me provocó una extraña sensación de inseguridad e impotencia y el reconocmiento de esa verdad que nos esforzamos en negar. Tenemos fecha de caducidad aunque no sabemos exactamente cuál es.
Pasaron unas semanas en las que Mina y yo sólo hablamos por teléfono. Me comentó que había ido a ver a Mademoiselle B. y que nuevamente le preguntó por mí.
Tuve una época de mucho trabajo y dos de los niños de Mina estuvieron enfermos. Por una u otra razón tuvimos que ir aplazando la visita a Mademoiselle B.
Finalmente, logramos hacer coincidir nuestras agendas y quedamos para la semana siguiente. La mañana del día fijado sonó el teléfono. No sé por qué contesté con una extraña aprensión.
Era Jonathan, el marido de Mina. Al parecer, la noche anterior se había puesto muy enferma, tanto que tuvieron que llevarla urgentemente al hospital. Por desgracia, no pudieron hacer nada por ella. Murió a los pocos minutos de ser ingresada.
Mina no había estado enferma en su vida. Siempre se vanagloriaba de que era "más fuerte que una mula".
- Pero, ¿ de qué ha muerto?
La realidad era demasiado horrible y no entendí muy bien las confusas explicaciones del hombre que se lamentaba al teléfono sobre un coro de llantos infantiles.


Dijo algo de una extraña infección en la sangre o de una anemia.
Poco importaba la causa. La realidad era que en poco tiempo habían muerto mis dos mejores amigas.
Dicen que hay que dar tiempo al duelo. Pero me sentía mucho más que desolada. No tenía ganas de trabajar ni de ver a nadie, creo que ni siquiera de vivir. Decidí pedir un permiso, yo que casi nunca hacía vacaciones...
"Me marcharé lejos, cambiaré de ambiente...". En el fondo, sabía que sólo conseguiría arrastrar mi pena por otros paisajes.
Mientras hacía el equipaje sin ganas sentí un atisbo de esperanza. ¡Mademoiselle B.! Ella nos había conocido a las tres. Nos había aprecidado. Lucía y Mina la habían visitado a menudo y había preguntado por mí.
Sí, con Mademoiselle B. podría hablar de mis amigas desaparecidas, de tantas cosas, de tantos recuerdos...
Estaba decidido. Antes de marcharme, iría a ver a Mademoiselle Báthory.



sábado, 18 de junio de 2016

EL INOCENTE


(De mi libro de poemas:"Cuerpo de reserva")
Está inspirado en "The little drummer girl" ("La chica del tambor") de John le Carré, una visión lúcida y objetiva sobre israelíes y palestinos. "La chica del tambor" es la que va delante, la avanzadilla en una lucha. Como si dijéramos la "carne de cañón". La protagonista es Charlie, una joven actriz inglesa, rebelde, beligerante, combativa, políticamente ingenua y moralmente vulnerable que es reclutada por un grupo de israelíes para que se infiltre en un presunto comando palestino, autor de varios atentados terroristas. Es una historia de guerra, de traición, de horror pero también de amor en la que los vencedores son los verdaderos vencidos.


A Joseph

Te recuerdo inocente, aparentemente inerme.
¡Por el amor de Dios!¿Te han hecho prisionero?
En el extremo más alejado,
las cartas que no te he escrito.
Luego, todas las reliquias
detras del armario del cuarto de baño:
la marihuana, los billetes de cinco
y el bolígrafo barato.
Un pañuelo oscuro, jamás blanco, 
imprevistos restos de piedad religiosa.

¿Qué será de tí después de ahora?
Cuando ya no esté para que hables conmigo.
¿Qué harás con tus zapatos Gucci y el medallón de oro?
¿Con el montón de revistas mal impresas
con un signo de interrogante, sobre Tiro y Sidón,
trazado a lápiz?
Una multitud de imágenes enterradas:
tus pies bajando torpemente la escalera,
tu débil y adorable cuerpo,
tu voz excesivamente tierna,
tu desnudo pecho,
los profundos sentimientos palestinos
y la última línea de la página 307.


miércoles, 15 de junio de 2016

EL JEQUE


(De mi libro "No juegues con el lobo").

Lo veía erguido en su alto sitial, severo como un dios. El blanco turbante enmarcando el rostro oscuro y perfecto y las blancas vestiduras flotando a su alrededor.
La tienda, en penumbra, dejaba pasar los últimos rayos dorados del ardiente sol del desierto a punto de desaparecer.
- Ven, acércate.
La voz profunda y acariciante la estremeció.
- ¿Cómo te llamas?
Vaciló confundida. "¿Aixa, Zoraida, Leila? ¿O sería mejor decir que soy cristiana?".
Antes de que pudiera decidirse, él la miró profundamente.
- No importa el nombre.
Una mano, fuerte y morena, de dedos largos, le recorrió lentamente la cara, como si quisiera esculpir cada uno de sus rasgos.


Sintió que se hundía en unas arenas movedizas que, en lugar de ahogarla, la sostenían levemente y la elevaban por encima de la tienda, del campamento y del poblado.
Un caballo negro galopaba hacia el horizonte y era él quien lo montaba y era ella la que iba cogida a su cintura, sintiendo la firmeza de su cuerpo y aspirando su aliento...

- ¡Venga, chicas! Es tarde, quitaos los disfraces.
La mujer se dirigió a la más alta y morena.
- Tu madre dice que vayas a cenar. 
La niña empezó a quitarse el pañuelo que había hecho de turbante y la cortina que fuera chilaba.
La más baja y delgada que llevaba muchos collares y una larga falda sujeta con un imperdible preguntó tímidamente:
- ¿Mañana volveremo a jugar a "El Jeque"?
- No. Mañana nos vamos de vacaciones.
- ¡Tan pronto!
- Como siempre.
- ¿Estarás fuera mucho tiempo?
- Todo el verano, tonta, como siempre.
- ¿Me llamarás?
- No sé... Bueno, ya te mandaré algún mensaje. Adios.
- Adios...
La niña se quedó mirando a la amiga que cruzaba el jardín y entraba en la casa vecina. 

La jaima se deshacía, poco a poco, bajo el azote del viento rojo del desierto. Los lienzos blancos ondearon como las alas de un paloma, pronta a emprender el vuelo.
Un caballo negro galopaba y galopaba por un paisaje sin horizonte.



miércoles, 8 de junio de 2016

EL HOMBRE DEL RINCÓN


(De mi libro "No juegues con el lobo")


Se habían acostumbrado a verlo, oscuro y alto, en su rincón.
En el sombrío comedor de muebles viejos y alfombra desgastada, su silueta familiar parecía recortarse a la luz incierta que entraba por los balcones sin sol. O la veían oscilar de pronto bajo el brillo apagado de la lámpara antigua que había perdido casi todas las lágrimas.


En los helados días de invierno, cuando se levantaban ateridos y soñolientos para ir al acolegio o en los sofocantes del verano, jugando encerrados entre las cuatro paredes del cuarto más fresco, lo veían siempre en su rincón, sonriente y tranquilo. 
Mientras iban desapareciendo los cubiertos de plata, las modestas joyas y todo cuanto tenía algún valor y la casa, cada vez más vacía, parecía hacerse más y más grandes, la sonrisa del hombre del rincón no cambiaba. Incluso alguna vez parecía oirse una risa alegre o una leve carcajada.
- ¿Quién es ese hombre? ¿Por qué se ríe? - preguntaban.
Una tenue luz de esperanza cruzaba fugazmente por los ojos de la madre.
- Es el Hombre del Rincón. Él ríe cuando estamos tristes y llora cuando somos felices. Porque sabe que nada es para siempre...

Pasaron los años. Murió la madre y se perdió el recuerdo de la infancia.
Un día llegó la fortuna.
El sol entraba ahora por todos los balcones de la nueva casa. Había flores en el jardín y cristales relucientes en las ventanas.


Transcurrían los días indolentes y lúdicos, planeando viajes y fiestas. Reían, jugaban, bostezaban perezosamente y paseaban bajo un cielo sin nubes en una larga sucesión de horas despreocupadas y felices.
Pero tenían buen cuidado de no mirar nunca hacía el rincón más sombrío, el rincón donde la oscura y conocida figura se dibujaba contra la pared y se oía su llanto desgarrador.


lunes, 30 de mayo de 2016

CLARISA SENTADA EN UN BANCO

(De mi libro "No juegues con el lobo")

La madre era joven, alta, rubia, poderosa. Hombros de nadadora y piernas de modelo. Pisaba con fuerza, caminando erguida sobre el mundo, con un rictus de amargura y desafío en la boca. A su lado iba el niño, espigado, rubio como ella, gesto amable y evidentes deseos de agradar. De vez en cuando, volvía la cabeza subrepticiamente para mirar atrás. Unos pasos rezagada, trotaba una criatura de cuerpo pequeño, cabeza gande, piernas y brazos cortos y una expresión de perplejidad en el rostro deforme.
Aunque más que caminar corría, poco a poco, la distancia entre ella y la madre y el niño se iba haciendo más y más evidente.
Cruzaron calles, cruzaron plazas y jardines y la separación crecía a medida que el paso de la niña se iba haciendo más lento. 


Los transeúntes pasaban por su lado sin mirar y los que lo hacían desviaban los ojos con rapidez. Algunos la observaban descaradamente con una mezcla de asombro y repugnancia, como si ella no pudiera verlos.
- Mamá, mamá - el niño tiraba de la manga de la madre - Clarisa se está quedando atrás.
La mujer le sonrió y le acarició la cabeza pero no se volvió y apresuró más el paso.
Fueron recorriendo avenidas y bulevares donde árboles frondosos inclinaban las ramas cargadas de hojas verdes como si les saludasen al pasar. Atravesaron un parque y un largo puente que se elevaba sobre la vía del tren.



- ¡Mamá, mamá!
El niño casi gritó. Una bandada de palomas asustadas emprendió el vuelo.
La niña caminaba ahora lentamente. Se iba quedando más y más rezagada.
La madre corría arrastrando al niño.
- Mamá, Clarisa se ha sentado en un banco...
La niña se había dejado caer en un inhóspito asiento urbano pintado de verde, arañado y lleno de dibujos obscenos.
- ¡Mamá..!
La voz del niño se iba perdiendo en la distancia mientras intentaba soltarse de los férreos dedos que lo sujetaban.
Luego dejo de insistir. Miró hacia atrás y vio a la hermana como un pequeño punto, oscuro y lejano.
La niña continuaba sentada en el banco, balanceando las piernecillas rítmicamente.
Pero nadie, como contó el magnánimo Cortázar, volvió arrepentido sobre sus pasos para buscarla.
Clarisa quedó sentada en el banco, expectante, observando las últimas luces del día y la llegada abrumadora de la noche.


lunes, 9 de mayo de 2016

LA TAZA DE ORO




La estación de la pequeña población costera era impersonal y deslavazada como todas las estaciones que sólo sirven para ser transitadas rápidamente. Ni paseos, ni bancos, ni curiosos aburridos viendo pasar los trenes que llegaban y se marchaban sin novedad ni encanto.
Al pisar el andén, el amanecer gris me envolvió ominosamente como una burbuja asfixiante. En la plaza cercana un local acogedor y bien iluminado me ofrecía sus puertas abiertas y el apetitoso aroma de café recién hecho. Sobre la entrada, en letras azules, se leía: "La Taza de Oro". 


Detrás de la barra, un hombre grande y feo, de rostro cetrino, espesas cejas negras y profundas ojeras, me atendió con amable tristeza y volvió luego a la conversación que había interrumpido y que mantenía en voz queda, a través de una ventana baja que daba a la calle, con una niña rubia y pálida de unos catorce años. No podía oir lo que hablaban pero se sentía una emoción contenida en el tono de las palabras. De vez en cuando, largas pausas en el diálogo eran como interrogantes esperanzados. La voz del hombre, apenas audible, destilaba una extraña pasión, aunque mantenía una actitud de forzada indiferencia.
La chica era baja, ancha y anodina. Ninguna señal particularmente atractiva la distinguía. Vestía una descolorida camiseta y unos pantalones estrechos. Sólo el largo cabello rubio ponía una nota de belleza en el vulgar conjunto.
Del fondo del café salió de pronto una camarera morena y guapa, resplandeciente en su impecable delantal blanco, en sus rojos labios muy pintados y en los grandes pendientes dorados que lucía. Sus ojos centellearon de enojo al ver a la pareja de la ventana. Con un gesto brusco dejó caer estruendosamente sobre la barra una bandeja llena de pequeños croissants y tartas de manzana. La violencia del golpe hizo tintinear alguns vasos. El hombre y la niña no parecieron darse cuenta. La camarera se quedó mirándolos con el ceño fruncido. Luego, con un ademán de indiferencia impotente, salió dando un portazo.

lunes, 25 de abril de 2016

INOCHIDANE

Esto no es un cuento. Es una trágica realidad.
Escuchando las noticias y viendo las imágenes del reciente terremoto de Ecuador pensé en lo absurdo que es que los seres humanos, todos los seres humanos que navegamos en la misma barca quién sabe hacia donde, nos enfrontemos continuamente en guerras, terror, violencia, contiendas de toda clase cuando la naturaleza ya se encarga periódicamente de asolarnos con grandes catástrofes contra las que poco se puede hacer.
Rikuzentakata es un pueblo de la costa este del Japón que fue arrasado por el tsunami de 2011. En la sección La Contra de La Vanguardia (20-4-16) un superviviente, Teiichi Sato, un sencillo  vendedor de semillas, que vio su pueblo devorado por el agua, dice: " Ya no había carretera. No había nada. El silencio era sobrecogedor. Me quedé en blanco. No podía dejar de llorar. Deseé estar muerto."


Es difícil imaginar lo que representa volver a casa y ver que ya no hay calle, ni casa ni nada de todo lo que forma nuestra vida diaria. Ni paredes, ni muebles, ni enseres, ni ropas, ni libros ni los mil recuerdos acumulados a lo largo de los años, simples o valiosos, irremplazables.
Darse cuenta de que se conserva la vida y si también se han salvado nuestros seres queridos la simple función de respirar alcanza valores inigualables en la bolsa de la existencia aunque no tengamos nada más.
Teiichi Sato dice que cuando vagaba como una sombra por el desnudo paisaje se encontró con otro superviviente que le dijo:" Todo ha desaparecido pero nosotros seguimos vivos. Seamos fuertes, seamos felices, querido vendedor de semillas, porque así es la vida".
Sato sobrevivió y se sobrepuso al dolor. Reconstruyó su tienda con escombros y cavó un pozo con un cucharón y sus propias uñas. Sato habla de sembrar esperanza y de inochidane que significa "la semilla de la vida", un concepto que nació de "vida" y de "semilla" y de la necesidad de trabajar juntos y solidarios por la reconstrucción.


miércoles, 13 de abril de 2016

EL SOL EN LA GALERÍA

(Del libro "La ciudad pintada en la pared")

Cada mañana entraba de prisa en la galería para dejar la ropa usada el día anterior en el cesto de mimbre. Entraba automáticamente casi sin mirar ni darse cuenta de lo que hacía.
La galería era de dimensiones reducidas y daba a un patio interior. Tenía amplios ventanales de cristales traslúcidos y dos armarios donde se guardaban útiles de limpieza, herramientas, restos de botes de pintura, brochas usadas, bombillas de repuesto y mil cosas más. Los cubos, las escobas y las fregonas, en correcta formación contra la pared, esperaban quizás la magia de Dukas para empezar a actuar por su cuenta y la tabla de planchar, investida de su propia importancia, se mantenía en posición de firmes detrás de la puerta.


Por la tarde, en la galería se colaba un sol tibio y amigo que conservaba la plenitud del mediodía y anticipaba la frescura del ocaso. Si levantaba la cabeza podía ver un retazo de cielo, intensamente azul, surcado a ratos por algún pájaro o el rumor lejano de un avión que volaba a una altura inconmensurable.

Si entraba por la tarde en la galería siempre le asaltaba la idea de que una pequeña mesa y una silla baja quedarían bien en aquel rincón para sentarse bajo la caricia dorada y familiar.
Recordaba a la abuela, muerta hacía tanto tiempo, con su inagotable labor de ganchillo entre los dedos deformados y el auricular pegado al oído, devorando con todos sus sentidos románticos seriales de apuestos caballeros y bellas damas o terribles tragedias de hijos naturales y padres desnaturalizados.
Una vida tranquila la de la abuela. Ninguna preocupación. Ningún agobio. Bueno, era de suponer que había tenido su mala época. Viuda con tres hijos, sin fortuna ni preparación para el trabajo. Pero supo salir adelante y vivió sus últimos años querida y cuidada por todos, tranquila entre sus labores, fotos antiguas y novelas de la radio.



Sí, quedaría bien una mesa pequeña y una silla baja. La abuela se hubiera sentado allí para sentir el sol y la emoción de las pasiones ajenas. Pero, ¿quién iba a hacerlo ahora?
El pensamiento sólo duraba el tiempo de entrar y salir, lo olvidaba pronto en la prisa por correr apresurada hacia el hospital y se diluía entre las mil ocupaciones del día, atender a los pacientes y discutir con la gerencia. Sólo volvía cuando entraba de nuevo en la galería bañada por los cálidos rayos.

sábado, 9 de abril de 2016

LOS OJOS DEL GORILA





Me está mirando fijamente. Sus ojos son redondos y oscuros. Canicas brillantes en un rostro inexpresivo. No parpadea. No se mueve. Se diría que quiere absorber de mí toda la información posible.Y me pregunto qué piensa, si piensa. Qué pasa por su pequeño cerebro, qué datos le aporta su memoria genética de aquel momento en que nuestros comunes antepasados se dividieron, se separaron para no volver a encontrarse nunca.
En cierto modo, me gusta. Tiene un aire desafiante, aunque tranquilo. No parece peligroso, pero creo que es mejor no irritarle. Sé por experiencia hasta donde pueden llegar sus paroxismos de furia.
Estamos prácticamente solos en esa hora cercana al anochecer, cuando apenas falta una para que el zoo cierre sus grandes y pesadas puertas.
Padres y niños se han alejado bulliciosos hacia el blanco hábitat de los osos polares y los pingüinos. Cerca, un melancólico elefante africano balancea su trompa y emprende torpemente un baile inseguro - dos pasos hacia adelante, un paso hacia atrás y otra vez hacia adelante - para huir del calor irritante y las persistentes moscas.


miércoles, 6 de abril de 2016

FINAL

(De mi libro "La ciudad pintada en la pared")

Aparece por la puerta del fondo. Se detiene un momento, vacilando antes de entrar. Todos se han vuelto hacia él. Lo miran. Finalmente avanza hasta el centro de la habitación.
Habla bien y sin prisa. Dice lo que tiene que decir. Hace las pausas necesarias.
Le contestan, le reprochan, le recriminan, le insultan.
Se defiende sin violentarse, aduce sus razones. Explica lo que ha sucedido. No está libre de culpa, pero no podía hacer otra cosa.
No les convence. Todos le hablan a la vez, le gritan, le amenazan. La discusión sigue creciendo hasta que el padre pega un puñetazo en la mesa y le manda callar.




La madre empieza a llorar y la hermana le coge por un brazo e intenta sacarlo de la habitación. Los otros hermanos le observan fríamente.Entonces el padre dice esas palabras que nunca deben decirse. Él lo mira apesadumbrado. Levanta las manos, unas manos bellas y expresivas, en señal de impotencia. Observo sus finas muñecas y un reluciente cronómetro en la izquierda. Con aire cansado deja caer los brazos y expone su último alegato.


 

Todos le vuelven la espalda. Él los mira a todos, uno por uno sin decir palabra. Sus ojos recorren luego toda la escena. Diría que, por un momento, se han detenido en mí. Pero creo que mira sin ver.
A pesar de todo, le sonrío con la esperanza de que comprenda que estoy de su parte. Él se dirige muy despacio hacia la puerta con un inconfundible ademán de derrota. Es el fin.
Mientras se aleja, pienso que yo hubiera podido salvarle. 
Estoy decidida. Mañana volveré y, cuando todos le vuelvan la espalda, le gritaré que abandone esa fantasía de dolor y huya conmigo a una realidad amable en la que nadie le reprochará nada.
Será divertido ver las caras asombradas de todos cuando baje del escenario y escape corriendo por el pasillo central del teatro de la mano de una espectadora anónima, cambiando el final de la historia, cambiando el final de la vida.


viernes, 1 de abril de 2016

DEJA QUE LLORE










En este blog voy publicando fragmentos de los libros que he escrito y de otros que estoy escribiendo.
¿Por qué el titulo?
"Lascia ch´io pianga" ("Deja que llore") pertenece a la obra de Georg Friedrich Handel, uno de mis compositores favoritos. En un principio fue una sarabanda en su ópera "Almira" (1705). Más tarde Handel la usó en el oratorio "Il triunfo del Tempo e del Disinganno" con un texto distinto: "Lascia la spina, cogli la rosa" ("Deja la espina, coge la rosa"). Finalmente la modificó para la ópera "Rinaldo" (1711) como el aria que canta el personaje de "Almirena" en el II acto.
El libreto es de Giacomo Rossi, poeta, traductor y libretista italiano establecido en Londres a  principios del siglo XVIII. 
Los dos textos me gustan pero me he decidido por "Deja que llore" por estar más de acuerdo con el momento que nos ha tocado vivir y con mi proyecto actual.
Muchas y muy grandes voces la han interpretado. Recomiendo escucharla en la voz de la mezzosoprano Beatriz Gimeno. (https://www.youtube.com/watch?v=kkxqtk9fjeg)
Antes de empezar, quiero recordar las palabras de uno de los grandes, como conjuro y talismán:
"ATRAPAREMOS AL BASILISCO Y VEREMOS LA PIEDRA PRECIOSA EN LA CABEZA DEL SAPO. EN NUESTROS ESTABLOS EL HIPÓGRIFO COMERÁ LA CEBADA DE ORO Y, SOBRE NUESTRAS CABEZAS, VOLARÁ EL PÁJARO AZUL CANTANDO COSAS BELLAS E IMPOSIBLES, COSAS QUE SON MARAVILLOSAS Y QUE NUNCA SUCEDEN, COSAS QUE NO SON Y QUE DEBERÍAN SER". (Oscar Wilde: "La decadencia de la mentira").








                               















MÚSICA & SONIDO

(De mi libro "LA CIUDAD PINTADA EN LA PARED")

La tienda de música apareció un día de repente en la esquina de la gran avenida. Sin duda, el amplio y luminoso local debió gestarse durante meses. Se harían obras, se decoraría el interior y se pedirían permisos pero lo cierto es que la zona era lo bastante céntrica y tumultuosa para que nadie advirtiera esa larga preparación hasta que el establecimiento surgió como de la nada, nuevo y brillante, con sus amplios escaparates que parecían llenar toda la calle y el enorme rótulo dorado en el que se leía: "MÚSICA & SONIDO".
En el  interior, CDs, DVDs, partituras, discos de coleccionista y un gran número de instrumentos musicales ofrecían el eco dormido de tantas vibraciones posibles. Guitarras, guitarras eléctricas, guitarras españolas, flautas, trompetas, saxos, violines, teclados, sintetizadores y baterías, baterías en silencio, como mantis religiosas agazapadas esperando el momento de poseer el ritmo, devorarlo y lanzarlo a los cuatro vientos.



Los dueños eran extranjeros, una pareja de cierta edad, agradable y discreta, con un hijo muy joven. Pronto todo el barrio se acostumbró a ver la figura alta y angulosa del chico - rostro alargado, rubio nórdico y ojos azules - abriendo la tienda cada mañana, yendo a desayunar a la cafetería próxima o paseando a su perro, un galgo alto y desgarbado como él, que lo acompañaba a todas partes. Nunca iba atado pero jamás se apartaba un centímetro y sus pasos se acompasaban a los de su amo y se detenía cuando él lo hacía.
La tienda la llevaba prácticamente el hijo con la única ayuda de un dependiente. Él informaba, aconsejaba, orientaba a los clientes y, todas las tardes, después de cerrar, trabajaba largas horas ante el ordenador, incorporando nuevos datos al catálogo de existencias, calculando precios y haciendo balances. 
El negocio prosperaba. Florecían nuevos grupos y cantantes, grababan maquetas y, con suerte, un disco. Algunos conseguían dar un conciertoy luego desaparecían para dar paso a otros con parecida trayectoria.